Nada es para siempre

Nada es para siempre, todo cambia

Cambia, todo cambia

Una de las cosas que me motiva a seguir escribiendo en este blog es que veo mi propia evolución personal. Seguramente hace veinte años no pululaba siquiera esta afirmación por la cabeza “nada es para siempre” y la verdad que aunque no me gusta ser categórico casi con nada la propia experiencia te hace ver que todo cambia, aunque sea de forma sutil.

Nada es para siempre, no. Cuando eres joven el tiempo parece transcurrir de una forma lenta, una año lo sientes como si la órbita que lo rige fuera la marciana. Se tiende a ver el futuro de una manera más estable y fácil. Las personas que te rodean parece que fueran a estar contigo toda la vida

Pero en ese transcurrir a ritmo de cuentagotas de repente te das cuenta que el barril está ya a medias de llenar y ves el fondo pero lo ves ya lejos con la distorsión del agua y de la luz. Las personas que estaban ahí, ya no están, aquel familiar, aquella pareja, aquella casa, aquel trabajo, aquel amigo. Cambia todo cambia, como escribió el músico Julio Numhauser.

Lejos de idealismos

Lo cierto es que el goteo seguramente sigue para bien y aquellos años marcianos se han convertido en un reloj de arena y a veces te gustaría achicar del barril algo del agua que ya cubre. Has echado músculo a base de brazadas y pataletas, te sabes fuerte, pero contemplas todo con menos idealismos y más respeto hasta el punto de que aveces te gustaría tener más frescura o inocencia.

Cambia, todo cambia y con cada día muere algo de nosotros o de nuestro entorno. Es el precio de la experiencia, que suele sacrificar físico por sabiduría y algo tendrá esta última que nos hace enfrentar el camino si volver la cabeza demasiadas veces, las justas para saber a que altura del mismo estás, que cambia, todo cambia y que te diriges a un destino que en su culminación, habrá forjado un espíritu.