Me superé a mi misma con cada experiencia; recibí el cariño y la admiración de muchas personas

Nací en el año 1942 en la ciudad de Madrid. Era una época difícil, pues España acababa de pasar una guerra civil e imaginad que después de aquello lo que queda es una sociedad desestructurada, hambre, conflictos sin cerrar y una buena dosis de moralina barata y lavado de cerebro que a muchos marcaría para siempre. Para colmo fui hija de madre soltera ¿Os imagináis en aquella época y en ese contexto lo que suponía esta situación? Pero no me quiero centrar tanto en los factores externos, en este caso es mi historia personal lo que me trae aquí.

Superación Personal

Fue duro siendo una niña nacer sin la referencia paterna, por lo fue mi abuelito quién en los primeros años adoptara ese papel. Poco me duraría, porque mi madre conoció al que sería durante los próximos años mi padrastro. Ella empezaba una nueva vida que junto con su trabajo era difícil compaginar con una niña, así es que entré en un internado. Aquello era un mundo y el mundo se me venía encima. En estos sitios, siempre lleva un tiempo adaptarse y sintonizar con las compañeras y también con las monjas que llevaban toda aquella institución. Recuerdo mucha soledad, mucha censura, tristeza. Cosas que son difíciles de entender para un adulto, me tocó empezar a encajarlas tan pronto. Pese a todo, lo cierto es que era una niña que destacaba, aunque las monjas y las compañeras no siempre me lo pusieran fácil. Los años pasaron y cuando me llegué a acostumbrar a aquello y hasta a proyectar un mejor futuro a través de mis estudios, resulta que a mi madre por necesidades del guión le convino sacarme de ahí. Me tocaría hacerle suplencias en su trabajo, pues además ella enfermó y tocaba cuidarla e ir a limpiar.

Con este panorama de infancia y adolescencia, cabe decir que tuve que trabajar mucho y sacrificarme otro tanto, aunque nunca presumí de ello (mal hecho) Así es que, muy joven me casé y tuve el primero de mis cuatro hijos. Para mi era importante tener niños y esta fue realmente mi familia. A pesar de todo, muchas veces me sentí sola, pues todos mis hijos fueron varones y además mi madre vino a vivir con nosotros, por lo que muchas veces sentí intrusismo y además es difícil tratar cualquier tema personal con tu marido e hijos con tu madre delante. Con todo ello es más que probable que también mi autoestima no estuviera precisamente por las nubes. Nuevamente siendo una persona trabajadora y con un montón de virtudes, pasaron desapercibidas para algunos, cosa que ha ocurrido a muchas amas de casa; trabajar sin que te valoren el esfuerzo y lo que es peor, sin un sueldo. Quizás eran otros tiempos, pero amiga, si estás leyendo ésto, te diría que tener una familia es maravilloso, pero no renuncies a tu vida, al menos no al cien por cien.

Físicamente también tuve que superarme en varias ocasiones. Ya desde la infancia un ojo por el que apenas veía. También una tuberculosis siendo aún que me entristeció mucho porque tuve que estar aislada y apartada de mis pequeños. Pero lo que realmente me marcó fue un cáncer en el año 1994 en la matriz, que además coincidió con otro de mi hijo. Creo que se produjeron algunos errores no en el diagnóstico pero si en los tratamientos, ya de por sí muy agresivos. La Cirugía, Radioterapia y Curieterapia, me dejaron secuelas irreversibles, sobre todo en el aparato digestivo, ya que dejé de controlar bien mis esfínteres y mis digestiones eran realmente pesadas. Esto me convirtió de alguna manera en “esclava” de mi casa ya que no sólo no tenía control de esa parte de mi cuerpo, sino que además cualquier elemento accesorio que me pusiera me irritaba muchísimo, pero pese a todo por supuesto hacía por salir y aprendí a convivir con todo ello, porque soy fuerte. Creo que es buena señal que las personas que me rodeaban siempre se reían conmigo, el problema quedaba en segundo plano y no reparaban en ello.

Casi veinte años después me tocó pasar por otra enfermedad de vejiga por lo que hubo que hacerme una urostomía y también una nefrostomía. Mi cuerpo poco a poco se iba desgastando entre pruebas y operaciones. Era la recta final de mi vida y la afronté con mucha fortaleza pese a todo el dolor. Llega un momento que el propio dolor físico anula el miedo a la muerte; si es que lo había. Mi vida tocaba su fin.

La moraleja que podría decirle a las personas es que no renuncien por nada del mundo a lo que son, que amen por encima de todo sin perderse el respeto a uno mismo, que valoren el trabajo de los demás y sepan reconocer el propio. La vida pese a todo el dolor, puede ser maravillosa, vive cada instante y aprovecha los buenos momentos. Gracias a todos los que me han querido, sabéis que es recíproco, nos volveremos a ver. Sed felices por favor.

Con cariño,

 

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